El oro de los tigres: el amor y sus contrarios
El Borges de la ceguera final, que él pone como fecha tentativa hacia 1955-1956 a pesar de que siempre verá algún color, trabaja sus poemas con estructuras más propicias a la memoria y la sonoridad.
En “El oro de los tigres” aborda una mayoría de poemas con versos endecasílabos sin rima y sonetos. Este concepto está ya desde los poemas homéricos. En aquel caso, el hexámetro en griego antiguo permitía a los aedos y rapsodas cantar de memoria La Ilíada y La Odisea y desplazarlo en el tiempo (e incluso ir escribiéndolo, si nos orientamos a la idea de un autor colectivo y no a un ‘Homero poeta’). Y la memoria da una sonoridad angular. Este Borges de El oro de los tigres es, entonces, memoria y sonoridad, pero también lirismo y recurrencia, ya que están los ‘temas borgeanos’ por antonomasia, empezando por el tigre, su animal mitológico.
Más allá de que en algunos poemas pierda fuerza al extenderse en el verso libre, Borges deja aquí versos memorables. ‘Sólo pido las dos abstractas fechas y el olvido’; ‘La meta es el olvido. / Yo he llegado antes’. O ‘Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo’. Este Borges poeta gana en la concentración del verso.
Por otra parte, Borges logra en los Tankas un momento lírico muy elevado. El sexto tanka funciona a la vez como una definición biográfica y poética: “No haber caído, / como otros de mi sangre, / en la batalla. / Ser en la vana noche / el que cuenta las sílabas”.“Lo que parece una disminución provocada por la estatura de sus antepasados -sobre todo del glorioso coronel Isidoro Suárez, héroe de Junín- es la presentación de su batalla, de su sangre: la literatura. En cinco versos hace del pasado un arma futura.
“El amenazado” por supuesto está entre los poemas centrales del libro: la repetición whitmaniana, la retórica, el uso de versos paralelos, esa forma de exaltar el amor y sus contrarios.