René Lavand, el ilusionista de una mano que no lo podía hacer más lento
Héctor René Lavandera pasó a la historia como René Lavand. No le gustaba que lo llamaran mago. Mucho menos que alguien dijera que hacía trucos. Se definía como un ilusionista.
Una vez contestó cómo había aprendido todo esto: ‘todo esto’ era el virtuosismo de su mano izquierda, la mirada atenta, los relatos que contaba, la pausa, su mano derecha en el bolsillo, la sonrisa de galán. Todo esto lo había aprendido de los grandes: Beethoven, Bach, Vivaldi, Mozart.
Fue hijo de un zapatero y una maestra de escuela. A los 9 años, en un accidente de autos, perdió la mano derecha. No había técnicas de prestidigitación para una sola mano. Tuvo que ser autodidacta. No leyó ningún libro de ilusionismo ni de cartas. Inventó su propio estilo.
El laboratorio (así llamaba a su lugar de ensayo) era su lugar más íntimo: allí se sentaba cada mañana, apoyaba su mano izquierda sobre el paño verde y mezclaba las cartas. Vivió en Tandil. Actuó para millones desde la televisión. Se presentó en teatros de la calle Corrientes. Dio clases, seminarios. Dio la vuelta al mundo: fue invitado en los programas de Ed Sullivan y Johnny Carson. Tocó la gloria.
Amaba las cartas. Decía: “La baraja es un frágil pájaro que si lo aprieto demasiado lo mato y si lo suelto por demás se me vuela”. Recordaba a Homero Manzi, que escribió que los naipes son cartones pintados con palos de ensueño, de engaño y amor. Buscaba la belleza de lo simple. No lo podía hacer más lento.
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