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Uno más uno podemos ser muchos apostando por la cutura. Simple: si hay cultura hay futuro.

Borges, Alfaro y un país para la imaginación

Me gusta que en mis clases sobre Borges -en mis clases en general- ocurran conexiones impensables. Por eso voy pivotando toda la clase como un jazzero: esta noche, por ejemplo, que tuve que dar una clase sobre el cuento El milagro secreto, pasé de la Teoría de la Relatividad Especial de Einstein de 1905 a hablar sobre la serie Dark; de la película Interstellar al film Total Eclipse sobre la vida de Rimbaud; de la lectura de un poema de Vicente Huidobro (“el poeta es un pequeño Dios”) a la recomendación de la sensacional novela Parménides de César Aira y de la biografía del Turco García (sí, sí, Borges y el Turco García en una misma clase, vengan de a uno).

Pero en medio de todo eso, utilicé una frase que dijo hoy mismo el actual técnico del seleccionado paraguayo, el argentino Gustavo Alfaro, previo al partido de este jueves contra Argentina: “Argentina es la humedad, por algún lugar se filtra. Si vos tenés una pared rajada, la humedad te aflora, y Argentina es la humedad, te descubre la rajadura y si no las tenés bien cubiertas, por ahí Argentina se te filtra”.

¿No es extraordinaria la frase? ¡Qué poeta! Decir que la “Argentina es como la humedad: se mete por todos lados”, va más allá de lo futbolístico y del sentido de lo que el propio entrenador quiso decir (Lo bueno ya no es de nadie sino del lenguaje, diría Borges). Es una definición exquisita sobre la idiosincrasia del ser nacional. Una frase maradoniana.

Ahora bien: ¿Por qué la mención a Alfaro en la clase de esta noche sobre Borges? Porque, al analizar los múltiples sentidos que tenía el cuento “El milagro secreto”, dije, citando al técnico de Paraguay, que Borges era como la humedad: se te metía por todos lados. Que la cuenten como quieran: qué país para la imaginación es Argentina. Será por eso que la quiero tanto.

El Minotauro, Oscar Wilde y la moralidad de los libros

Hoy, en un nuevo ciclo de educando a nuestros gobernantes que quieren prohibir literatura en colegios, hablemos sobre mitos griegos. El Minotauro es el nombre que se le da al ser mitológico que tenía cabeza de hombre y cuerpo de toro (otras versiones refieren un cuerpo de hombre y cabeza de toro). Se llamaba en realidad Asterio o Asterión (de allí el nombre que toma Borges para su relato “La casa de Asterión”) y era hijo de Pasífae, esposa de Minos, y de un toro enviado por Poseidón.

Avergonzado, Minos –rey de Creta– encerró en un Laberinto al Minotauro y le daba para que devore a siete jóvenes y siete vírgenes que, a su vez, la ciudad de Atenas le pagaba a Creta como tributo. La cosa sana. Teseo se integró al número de jóvenes y, gracias a la ayuda de Ariadna (al ovillo), consiguió salir del Laberinto una vez que mató al Minotauro.

¿De dónde viene todo este mal rollo? Al morir su padre, Minos reinó solo en Creta. Sus hermanos, Sarpedón y Radamantis, también quisieron quedarse con todo el poder. Minos, más rápido y creativo que Juanfer Quintero, dijo que los dioses le destinaban el reino y, para probarlo, sostuvo que el cielo le concedería cuanto le pidiese. Minos le rogó al dios que hiciese salir un toro del mar y que sacrificaría al animal como ofrenda. Dicho y hecho: Poseidón envió el toro y Minos consiguió el poder. Business are business.

Pero Minos la jodió mal: el rey no sacrificó al animal pues lo consideró “un animal magnífico cuya raza quería conservar”. Y Poseidón se vengó: enfureció al toro e inspiró en Pasífae un amor sin frenos por el animal.

Otra versión indica que Pasífae, como método para satisfacer su pasión por el toro, le pidió un consejo a Dédalo (el mismo que luego diseñó el Laberinto), quien le fabricó una ternera tan parecida a ese animal que el toro se dejó engañar. Así, Pasífae, se ocultó en el interior de este animal simulado y finalmente ocurrió la carne trémula.

En cualquier caso, dicho en otras palabras, el famoso Minotauro es resultado de una reina y un toro cogiendo. Sí, cogiendo. Como escribió Oscar Wilde, un libro no es moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo.

Ángel Di María y el oficio de perder pelotas

Hay un momento, una frase, una oración, del documental “Romper la pared” -documental que irradia la vida fuera de serie de Ángel Di María-, que probablemente pase desapercibido. Es cuando el rosarino señala el cortocircuito que empieza a tener con Louis van Gaal cuando era su técnico en el Manchester United.

Sus compañeros de entonces hablan de una exigencia desmesurada, un ensañamiento particular, por parte del neerlandés hacia el argentino. Dice Fideo en el documental: “Ganábamos. Daba asistencias, goles. Y todo eso no me lo decía. Me decía siempre lo malo. Es obvio que para aprender también está lo malo, ¿no? Necesitás saberlo. Pero…”.

En la siguiente frase está la importante: “…Pero mi característica es jugar. Pierdo pelotas porque lo intento. Siempre intento el pase de gol. Siempre intento tirar al arco”. Es una definición extraordinaria de un estilo de juego vanguardista, de un estilo de vida: “perder pelotas” es condición necesaria, vital, para que ese juego tan suyo, ese ir al frente relampagueante, pueda siquiera existir. Si no perdiera pelotas no sería Di María.

Es una circunstancia exquisita que la historia de Di María haya llegado hasta donde llegó, dados que se le negaron a su padre y a su abuelo (“Mi abuelo era mejor futbolista que mi viejo y yo”, llega a decir). En épocas de tanto exitismo vulgar, de streamers que llegan a Primera, de tanta noticia lobotomizante en los medios,, queda una idea: Las vidas son circunstancias. Lo que queda es el método. Y el método es intentar, perder pelotas, tirar al arco. Seguir intentando. Ir al frente. Si la pelota entra al arco, si es gol, ya es otra historia. Y si te dicen algo por pelearla, ya sabés: que vayan pa´allá. Bobos.

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Cervantes not dead: un viaje a la vida del autor del Quijote

Lo que hizo Miguel de Cervantes Saavedra al publicar El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha —primero en 1605 y luego, la segunda parte, en 1615— fue un escándalo. Es como gritar “Pero qué golazo metió Cervantes, carajo”, pero en la literatura. De hecho, un efecto equivalente al leer el Quijote es poner de corrido los goles de Lionel Messi en YouTube. Uno no puede dejar de verlo. Uno no puede dejar de leerlo. Hipotónico. Clásico.  El futuro siempre es clásico.

El objetivo de este curso es abordar la biografía de Cervantes -y la inestabilidad de toda biografía- y su vínculo con otras obras de él, desde sus poemas tempranos con unas quintillas, sonetos y elegías para Isabel, esposa del rey Felipe II (son los testimonios literarios mas antiguos de Cervantes) o bien cómo aparece su novela pastoril «La galatea» de 1585 en la primera parte del Quijote. O cómo impacta la batalla de Lepanto, del 7 de octubre de 1571, en su literatura.

Son algunos ejemplos que nos pueden ayudar a abordar esta figura extraordinaria de Cervantes, hombre de armas y de letras, que tenía 57 años cuando publicó el primer Quijote, inmerso en penurias y cárceles, luego de haber estado cautivo cinco años y vivir un mágico y misterioso tour por España, Italia y Argelia.

¿CUÁNDO ES?

Lunes de noviembre de 19 a 21 hs.

¿CÓMO ANOTARSE?

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¿QUÉ COSTO TIENE?

Son cuatro clases de dos horas cada una. El costo total es $18.000

IMPORTANTE

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SOBRE DANIEL MECCA

Daniel Mecca es un escritor, poeta, docente y gestor cultural nacido en Buenos Aires. Tiene 38 años. Trabajó en los medios de prensa más importantes del país. Es creador y director del festival #BorgesPalooza. Egresó en TEA. Es autor de los libros de poesía Ahorcados en la felicidad (2009), Lírico (2014), Haikus periodísticos (2016), Música de incendios (2021), Troya, aparta de mí este cáliz (2022), Las armas y las letras (2023), la novela Aira o muerte (2023), Los Canto (2024): biografía de Estela y Patricio Canto, y los ensayos Borges, la gran bestia pop de la literatura argentina Es todo verso: centro de atención al poeta, ambos de 2024.

Cursó estudios de ingeniería en la UTN y la maestría en Crítica y Difusión de las Artes en el IUNA. Dio clases de periodismo en la UBA, en la UNA y en la Universidad Nacional de la Patagonia Austral. Es creador del newsletter Poesía por WhatsApp. También del podcast: El resto es literatura. Actualmente da seminarios sobre Borges y organiza el recorrido “#BorgesTour una caminata guiada por la Buenos Aires de Borges”. Encabezó campañas de estrategia de marketing como #PagaAira y #BorgesChallenge.

Presentó en marzo de 2021 los Monólogos borgeanos en el teatro Picadero y en 2022 en la Feria Internacional del Libro. Encabezó el proyecto Borge’s Jazz (una clase improvisada sobre Borges) que se estrenó en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires en agosto de 2019. También impulsó en redes el #BorgesChallenge, a propósito del aniversario 121° del escritor. 

En 2018, fue galardonado con el primer premio ADEPA de periodismo, en la categoría Cultura e Historia. Fue nominado a los Premios Estímulo TEA 2011. En 2006 recibió una mención especial en poesía en el Concurso Nacional de Literatura de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Hizo estudios de guitarra, piano y, actualmente, de trompeta. Actualmente participa en competencias de aguas abiertas y maratones.

Contacto: danielmeccaok@gmail.com
Crédito foto: Diego Martínez

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Valaida Snow, la reina de la trompeta que cambió el lugar de la mujer en el jazz

Mujer, negra, tremenda trompetista, bailarina, multiinstrumentista, cantante, líder de orquestas, productora de shows. Piensen que estamos en las primeras décadas del siglo XX en Estados Unidos. Lo de Valaida Snow era, entonces, revolucionario.

Nació en Chattanooga, Tennessee, el 2 de junio de 1904. Era un ciudad industrial con más de 20 mil habitantes, de los cuales la mitad eran afroamericanos. Sus padres, John V. y Etta A. Snow la llamaron Valada. Ella le agregará la “i”, Valaida, a los 26 años probablemente —dicen sus biógrafos— para indicar su pronunciación preferida: Val- aid-a.

Cuando tenía cinco años su madre le compró un violín y le enseñó a tocar una melodía, Nearer my God to Thee. Eso fue todo, ¿pueden creerlo? Ella dirá: “Esa fue la única enseñanza que tuve en cualquier instrumento o en cualquier tipo de música. Parece que tengo un don para tocar cualquier instrumento que elija”. Y vaya que sí (“your damned right, women”, dirían en inglés): tocaba cualquier instrumento que le ponían en la mano: trompeta, violín, violonchelo, bajo, clarinete, trombón. Lo que dé.

Hacia 1910 ya era “Valada the Great” (Valada la Grande), la superstar del grupo de vodevil de niños que armó su padre (eran lo Pickaninny Troubadours), el mismo padre —señalan— que la hacía tocar el violín desde las 8 de la mañana a las 8 de la noche por las calles. Eran, esos shows, unos “picks”, un tipo de atracción común de la época. Hoy se lo definen así: un evento divertido y racista que avergonzaría a las siguientes generaciones de afroamericanos.

Desde los años de vodevil, cosa que hacían los hombres ella, por supuesto, lo hacía: tocó la trompeta —y cómo— en una época con pocos precedentes de mujeres en el jazz que lo hicieran; viajó por el mundo antes de cumplir los veinticinco años; lideró orquestas y produjo shows antes de los 30. Tocó en Asia, en Europa. Salió en films.

A Valaida la llamaron la “pequeña Louis”. A ella la llenaba de orgullo que la compararan con Louis Armstrong, ese trompetista cuyos solos —y qué solos— la cautivaron. En Chicago, una vez, el genio de Nueva Orleans quedó perplejo cuando vio una performance de baile y coros de ella. Él dirá: “Chico (Boy), nunca vi algo tan grandioso”. Si uno escucha los registros de audio de los solos de Valaida y los de Armstrong hay partes que no se puede diferenciar quién está tocando.

Escúchenla cantar, tocar, hacer scatting, en temas como “Minnie the Moocher”, “You’re driving me crazy” o “I Must Have That Man”. Mirénla cómo mira la cámara, cómo toca la trompeta, fina, graciosa e impetuosa, con sus guantes negros. Cuánta onda. Alguien, un escritor, la definió mejor: Silba como un pájaro, toca la corneta con un virtuosismo desgarrador y hace un jazz que despertaría a los muertos. Qué injusto, entonces, quedarnos con la calificación de “la pequeña Louis”. No.

Sí: Valaida fue la reina de la trompeta.

René Lavand, el ilusionista de una mano que no lo podía hacer más lento

Héctor René Lavandera pasó a la historia como René Lavand. No le gustaba que lo llamaran mago. Mucho menos que alguien dijera que hacía trucos. Se definía como un ilusionista.

Una vez contestó cómo había aprendido todo esto: ‘todo esto’ era el virtuosismo de su mano izquierda, la mirada atenta, los relatos que contaba, la pausa, su mano derecha en el bolsillo, la sonrisa de galán. Todo esto lo había aprendido de los grandes: Beethoven, Bach, Vivaldi, Mozart.

Fue hijo de un zapatero y una maestra de escuela. A los 9 años, en un accidente de autos, perdió la mano derecha. No había técnicas de prestidigitación para una sola mano. Tuvo que ser autodidacta. No leyó ningún libro de ilusionismo ni de cartas. Inventó su propio estilo.

El laboratorio (así llamaba a su lugar de ensayo) era su lugar más íntimo: allí se sentaba cada mañana, apoyaba su mano izquierda sobre el paño verde y mezclaba las cartas. Vivió en Tandil. Actuó para millones desde la televisión. Se presentó en teatros de la calle Corrientes. Dio clases, seminarios. Dio la vuelta al mundo: fue invitado en los programas de Ed Sullivan y Johnny Carson. Tocó la gloria.

Amaba las cartas. Decía: “La baraja es un frágil pájaro que si lo aprieto demasiado lo mato y si lo suelto por demás se me vuela”. Recordaba a Homero Manzi, que escribió que los naipes son cartones pintados con palos de ensueño, de engaño y amor. Buscaba la belleza de lo simple. No lo podía hacer más lento.

Piglia, un imprescindible falsificador.

Cuenta Piglia en Los diarios de Emilio Renzi (Anagrama) que, en su adolescencia, una noviecita de Adrogué le preguntó qué estaba leyendo: él tiró el nombre de La Peste, de Albert Camus, que había visto en una librería pero nunca leído. “Prestámelo”, le dijo ella. Piglia compró el libro, lo leyó esa noche, lo arrugó un poco para que pareciera usado y se lo llevó al día siguiente. Esa fue su génesis como lector.

​Para Piglia toda literatura es falsificación. Bajo esa concepción, leer es reescribir y ningún texto tiene dueño. Ya Borges, con “Pierre Menard”, había sacudido todo con esta idea: la literatura son versiones, robos de robos, destrucción de la propiedad de una obra.

En la idea de literatura de Piglia se oculta un doble linaje. Así como en Borges se encontraban el linaje materno y paterno como origen de su condición de escritor, en Piglia están Borges y Roberto Arlt. Astuto, Piglia propuso leer de ese modo al escritor de “El Aleph” porque, a su vez, quería que a él también lo leyeran como confluencia de linajes.

De Borges extrae la idea del escritor como lector. Del linaje arltiano está el robo, la falsificación, el delito como ley de la literatura: la lectura, en Arlt, siempre aparece de la mano del delito porque su acceso está restringido y pertenece a la visión de una clase. Piglia, al igual que Arlt, hizo una reivindicación de los bajo fondos, un elogio de los rufianes.

Piglia, un imprescindible falsificador.

Gertrude ‘Ma’ Rainey, la desafiante madre del blues que murió en el olvido

Mujer, bisexual y negra: Gertrude ‘Ma’ Rainey se forjó en la historia como la “madre del blues” contra todos los elementos de opresión de las primeras décadas del siglo XX en EE.UU. Sumida en el olvido, en 1939, su certificado de defunción decía: “Ama de casa”.

‘Ma’ unió el vodevil, el blues y el folk negro del sur. Nacida en Georgia, en 1886, creó su estilo actuando en las tiendas de los circos. La anunciaban como Madame Gertrude Rainey. Tenía un diente de oro y joyas. Era electrizante.

Su popularidad coincidió con la locura por el blues en la década del 20 y el avance de las discográficas. Entre 1923 y 1928 grabó al menos 92 canciones. “See see rider” fue de las más populares. Compuso alrededor de 38 canciones. Fue la mentora de Bessie Smith.

Rainey fue clave para la autonomía femenina negra, como en la desafiante canción “Prove It On Me Blues”. ‘Ma’ fue resignificada en los 60 con los movimientos de liberación. Su voz no era dulce. La belleza del tono estaba en su aspereza y lo sombrío. Cantaba sin vueltas. Como se ha escrito: era un canto de la tierra.

Sterling Brown, poeta afroamericano, le escribió: “Cantá tu canción / ahora que volviste / a donde pertenecés / Alejate muy adentro de nosotros y mantenenos fuertes”.